miércoles, 31 de marzo de 2010

FUTBOL CLASICO

ZICO
El mejor de los Antunes



A mediados de los años 1960, cuando los periodistas visitaban el cuartel general de los Coimbra en el suburbio de Quintino Bocaiúva, en la zona norte de Río de Janeiro, era normal que se preguntase a los hermanos Edu, extremo izquierdo del América, y Antunes, delantero del Fluminense, quién era el mejor de entre los dos. La respuesta siempre era la misma. Si se jugaba un partidillo cerca de la residencia familiar, Edu mandaba al reportero a dar una vuelta por el barrio en busca del hermano pequeño, Arthur. La gran estrella del clan estaba invariablemente por allí, en la calle, con el balón en los pies, desafiando a vecinos de mayor edad.
Edu hizo historia con el América, tradicional club carioca, y llegó a defender los colores de la Seleção. Antunes destacó en los tiempos del Flu. Eso ya sería algo memorable para cualquier familia brasileña. En este caso, sin embargo, aún quedaban muchos momentos de gloria por delante, como le gustaba recordar al propio punta: “Lo mejor todavía está por venir”. Era sólo cuestión de tiempo que Arthur se convirtiese en el Zico que encandilaría a la afición del Flamengo y al mundo del fútbol durante decenios.
“Tener en la familia a dos jugadores que han pasado por todo aquello que vas a enfrentar en el futuro ayuda. Yo pude seguir sus carreras muy de cerca, iba a ver todos los entrenamientos y partidos. Siempre que lo necesitaba, recurría a ellos”, cuenta Zico en una entrevista con LA PASION DEL DEPORTE Y CORRESPONSAL DE PRENSA “Pero, aparte de eso, adoraba jugar al fútbol”.
Flamenguismo biológico
A Zico le encantaba jugar a la pelota y también animar al Flamengo, en su casa era algo obligado desde la cuna. Era el benjamín de seis hermanos, cinco de ellos varones, hijos del inmigrante portugués de Tondela José Antunes Coimbra, que fue socio fundador del club de la Gávea y coqueteó con una carrera de guardameta profesional. “Cada uno que nacía recibía el uniforme de la selección brasileña y del Flamengo. Yo fui el último, y sólo quedaba el dorsal número ocho”, relata Zico, quien más tarde inmortalizaría el diez rojinegro. “Teníamos una bandera en casa, nuestro cachorro se llamaba Mengo, el pajarito Cardeal [“Cardenal”], por ser rojo y negro, esas cosas”.
Los hermanos daban fe de la habilidad de Zico. Y empezaron a actuar como un grupo de presión a favor de su carrera. Con 14 años, el muchacho llegó a disputar un partido con el América, pero, antes de incorporarse de forma definitiva al club, recibió la tan aguardada oportunidad en el Fla. “Iba a efectuar una prueba, ahí surgió la posibilidad de elegir el Flamengo, y me decanté por él, como es lógico. Mi hermano Edu ya lo había concertado de palabra, pero lo entendió perfectamente, y los dirigentes también. Era una elección de corazón”.
En el Flamengo, Zico tuvo que esperar dos temporadas hasta disputar el primer campeonato, en las categorías inferiores, con 16 años, en 1969. “En aquella época era más difícil para los chicos. Primero uno se quedaba en la escuela, con compañeros hasta tres años mayores, y había una disparidad muy grande”, recuerda. Cuando comenzó a subir de categoría, afrontó más dificultades. “Llegué con buenas perspectivas, pero el hecho de ser muy delgado despertaba desconfianza”.
Tengo la fuerza
Pero la calidad del jugador se impuso, y el club invirtió en un tratamiento, hasta entonces innovador, de fortalecimiento muscular. “No había noticias de que nadie hubiese hecho eso”, afirma O Galinho, quien recibió la orientación de los médicos José de Paula Chaves y José de Paula Chaves hijo y el preparador físico José Roberto Francalacci. “Era la anticipación de un biotipo que yo podría tener, pero tal vez con más años”.
Con el cuerpo en forma y el respaldo del club, Zico, que se había estrenado con el primer equipo en 1971, dando una asistencia en la victoria sobre el Vasco en el Campeonato Carioca, estaba listo para explotar. Y lo hizo: “Creo que habría jugado al fútbol de cualquier modo, al final el físico no lo es todo. Es inútil ser fuerte si no se sabe hacer nada. Pero sirve para decir que gané seguridad”. Bajo su liderazgo, con goles de falta impecables, finalizaciones precisas en velocidad, mucha técnica y visión de juego, el Flamengo conquistó seis campeonatos estatales (y una edición adicional en 1979), tres Campeonatos Brasileños, la Copa Unión de 1987 y la Copa Libertadores de América y la Copa Intercontinental en 1981.
“Lo bueno fue que se consiguió montar un gran grupo, de muchos talentos, juntando dos o tres generaciones diferentes”, afirma. “Todo el mundo se conocía, sabía lo que era el club, la gran mayoría eran flamenguistas, lo que es importante, y todos contaban con un gran potencial. Tuvimos el privilegio de conseguir, en un periodo corto, más títulos de los que había logrado antes el Flamengo en toda su historia. Como seguidor, haber participado en eso fue algo fantástico. Hasta entonces yo había celebrado pocos títulos. A decir verdad, incluso me hubiera gustado haber sido hincha durante mi época de jugador”, bromea.
Río de Janeiro, Udine, Sarrià
Se formó una legítima dinastía, que sólo tuvo una breve pausa en las temporadas 1983-1984 y 1984-1985, cuando el centrocampista militó en el Udinese, ayudando a transformar un club modesto en una potencia repentina. En su primer ejercicio en el Calcio, el brasileño condujo al equipo a la disputa del título nacional y a la lucha por un puesto en la Copa de Europa, pero una lesión en la recta final estropeó su campaña. Zico permaneció cinco jornadas ausente de los terrenos de juego, y el Udinese acabó cayendo de la tercera a la cuarta posición. “Muchos astros de todo el planeta se encontraban allí. Todas las miradas del fútbol mundial estaban puestas en Italia en aquella época. Fue un año muy bueno, de confirmación para mí, cumpliendo las expectativas en otro país”.
Con la selección brasileña, Zico disputó tres Copas Mundiales de la FIFA —Argentina 1978, España 1982 y México 1986—, siendo su mejor resultado una tercera plaza, en su primera participación. Pese a todo, no fue aquella Copa Mundial de la FIFA disptuda en el país vecino la que quedaría marcada en el imaginario del fútbol canarinho.
Cuatro años más tarde, en suelo español, un fantástico equipo inundaría el país de esperanza y asombraría a todos al arrollar a sus adversarios mediante un fútbol vistoso y único. Eso hasta tropezar contra una inspirada Italia, y principalmente un inspirado Paolo Rossi, en el estadio de Sarrià, donde sufrió una impactante derrota por 3-2.
“Siempre es importante dejar un legado”, afirma el número 10 y cerebro de la selección de Telê Santana, eliminada en la segunda fase. “Pero lo importante, para un profesional, son los títulos. Estoy satisfecho de haber formado parte de uno de esos equipos. Se nos recuerda en todos los lugares. Pero me hubiera hecho feliz ganar el título”.
Histórico hasta el final
En 1986, Zico viviría otro momento duro con la Seleção, al caer en cuartos de final a manos de Francia, en los lanzamientos penales. O Galinho estaba lejos de su mejor forma física, recién recuperado de una gravísima lesión en la rodilla, y acabó desperdiciando una pena máxima decisiva, en una tarde extraña para las estrellas: en la tanda final, Michel Platini y Sócrates también fallaron sus respectivos tiros.
Ya veterano, prorrogó su carrera en el Flamengo hasta 1990. Después, todavía le quedó determinación para contribuir a la transición al profesionalismo y la expansión de la popularidad del deporte rey en Japón, donde jugó entre 1991 y 1994 y constituyó un ejemplo dentro y fuera del campo. Ayudó a construir la sólida estructura que hizo del Kashima Antlers una referencia nacional. Es venerado en el país.
Los logros fueron muchos. Ante tantos trofeos alzados y grandes memorias, no obstante, quizás para Zico no existan diferencias entre la genial figura rojinegra y aquel muchacho que se esforzaba en Quintino. Es lo que se percibe cuando confiesa a LA PASION DEL DEPORTE Y A CORRESPONSAL DE PRENSA que le gustaría ser recordado únicamente como “una persona que ama lo que practicó”. “Siempre con mucha seriedad e intentando esmerarme. Una persona que siempre jugó limpio y se dedicó en cuerpo y alma al fútbol”.

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